Anti positivismo
El anti positivismo proponía una seria crítica a los paradigmas del conocimiento, que se
concibiera a la ciencia como algo dinámico al igual que la concepción acerca de la naturaleza, lo
que tal vez, ponía en entredicho lo que los aparatos ideológicos habían apoyado durante siglos.
La hermenéutica es una de las corrientes filosóficas que se opone al positivismo. Puede decirse
que la hermenéutica (del griego hermeneutikós, interpretación) en términos generales es la
pretensión de explicar las relaciones existentes entre un hecho y el contexto en el que acontece.
Aunque en un principio la hermenéutica constituyó un campo cuya aplicación se vio restringida
exclusivamente a cuestiones de carácter bíblico, hoy en día se emplea en el análisis e
interpretación de textos y contextos filosóficos, históricos, literarios, científicos, etc.
La reacción anti-positivista se desarrolla en el Istmo paralelamente a la europea; no obstante, es
claro, supone no la creación de un pensamiento que supere los postulados filosóficos del
positivismo, sino más bien la continuación, con leves modificaciones, del escolasticismo colonial.
Es desde este punto de vista que el utilitarismo y demás corrientes del pensamiento moderno
presencian en Panamá un categórico repudio. Parecido fenómeno se observa en el devenir histórico
de la Filosofía moderna en Europa. En efecto, frente a la tendencia laica y anti-dogmática que
define el espíritu y sentido del pensamiento moderno y contemporáneo, subsistió en el viejo
continente la tradición escolástico-medioeval, representada, entre otros muchos, por Fenelón,
Bossuet, José de Maistre, Chateaubriand, &c.
Simbolizan la reacción contra los grandes
acontecimientos que informan la modernidad: Renacimiento, Iluminismo, Utilitarismo,
Positivismo, &c., reacción que se revela implícita y explícitamente. Pero esta subsistencia del
escolasticismo europeo, cuya más fecunda floración no es otra que el neotomismo contemporáneo,
ha asimilado ya, en la medida de lo posible, el sentido de las corrientes filosóficas opuestas. En
una cultura tan antigua como la europea, tales reductos de posiciones, de tendencias del
pensamiento, ya superadas, no implican peligrosidad tan evidente como en la cultura
hispanoamericana, apenas incorporada a las efectivas realizaciones de la modernidad.
Todo esto,
no supone, empero, que la influencia del humanismo, particularmente de Erasmo, no haya
producido frutos de indudable repercusión y de positivas proyecciones en la cultura
hispanoamericana colonial. La historiografía contemporánea ha demostrado ciertamente –Mariano
Picón Salas por ejemplo– la fecundidad de la influencia europea en nuestra vida cultural bajo la
dominación de España. Pero esto no quiere decir que los elementos de unión efectiva a la
civilización occidental, así como los factores peculiares que definan nuestra personalidad cultural
hispanoamericana, dentro de los ámbitos de esa misma civilización, se encuentren claramente
diferenciados en la estructura socio-política y cultural de la Colonia.
La reacción anti-positivista europea se efectúa a través de una superación del cientificismo; pero
esta superación, no es posible encontrarla todavía en Hispanoamérica, menos aún en Panamá. El
vitalismo, el historicismo, el pragmatismo, son sólo unas cuantas de las muchas corrientes del
pensamiento en el Viejo Mundo que tratan de suplantar al positivismo y al materialismo. En
Panamá no se han de encontrar en este período, formulaciones creadoras en Filosofía; más bien se
recurre a la resurrección de los viejos dogmas, inalterados en su esencia por los depositarios de la
tradición conservadora, más o menos modificados por los que se precian de marchar a la
vanguardia del pensamiento científico y filosófico. Es por ello que en nuestro país la nueva
vigencia de los módulos coloniales del pensamiento adquiere nítida categoría de reacción, y aún,
de involución. La carencia de una creación filosófica auténtica que permita neutralizar las fuerzas
conservadoras, anti-modernas, crean peligrosas circunstancias que pueden hacer disminuir, e
inclusive, hacer parcialmente inoperante, la revolución cultural que presenció Hispanoamérica en
general, y Panamá en particular, durante la última parte del siglo XVIII y principios del XIX. Todo
esto es tanto más importante cuanto que las naciones de origen hispánico no tuvieron como las de
origen sajón, la tradición filosófico-política que caracteriza el pensamiento de la madre patria de
las antiguas colonias norteamericanas.
Una de las realizaciones tangibles de la mentalidad escolástica la constituye el conservatismo de
las naciones grancolombianas, sobre todo en sus funciones de partido político y de filosofía
educativa. En una de estas naciones se llegó incluso a erigir una teocracia, ridícula de no haber
sido trágica. En Panamá, el fuerte sentido de lo relativo, y una psicología de amplia tolerancia,
características de nuestro pueblo, como de todos los pueblos que en la historia desempeñaron una
función transitista, impidió la proliferación de las corrientes involucionarias. Las revolucionarias,
no obstante esporádicos intentos, tampoco han logrado efectiva vigencia, en razón precisamente
del relativismo que define la psicología panameña. Se observa, pues, que el relativismo istmeño
pudo haber sido de positivas repercusiones en el campo práctico y político. En el teórico esta
actitud es sólo posible en un sentido metodológico, mas no doctrinal. Entre las muchas causas de
índole diversa que han de explicar en la peculiaridad panameña la relativa indiferencia hacia la
especulación teórica, la anteriormente apuntada no es la de menor importancia.
No obstante haber afirmado la ausencia de una efectiva proliferación, en el pensamiento
panameño, de las tendencias involucionarias, tal aserción no implica no haber aparecido en el
Istmo corrientes ideológicas de acentuadas características escolásticas y conservadoras. Es que
independientemente de los cauces diversos que en nuestro devenir histórico ha abierto la polémica
filosófica, la impronta de las ideas europeas, y una particular cosmovisión, nacida de nuestra
peculiaridad, sólo con reservas se puede hablar de una cultura panameña, como, en general, de
una cultura hispanoamericana. Esta es labor de las décadas próximo-pasadas, del presente, y del
futuro inmediato; porque la necesidad de una cultura propia se presenta con caracteres imperativos.
En los ámbitos de toda la América Española se advierten, en efecto, signos renovadores de una
autoconsciencia cultural, que se busca en el pasado, se crea en el presente, y se proyecta para el
porvenir.
La filosofía escolástica a que nos venimos refiriendo encuentra en la Colonia panameña, claro está,
su más categórica formulación. Las obras de Fr. Juan Prudencio de Osorio (1713-1790), si bien
implican aparentemente uno de los aspectos de mayor negatividad del escolasticismo, la polémica
tarada de bizantinismo, nos es por otra parte desconocida, y al respecto todo juicio es, en
consecuencia, aventurado. Anotemos, no obstante, a guisa de curiosidad, que su temática gira
fundamentalmente alrededor de disquisiciones teológicas en torno a la concepción inmaculada de
la madre de Cristo{1}
. En la docencia se distinguió más tarde el Dr. Rafael Lasso de la Vega (1764-1831), profesor de Teología en el
Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Si tenemos en cuenta el papel importante desempeñado por el clero durante los años de fundación
de las repúblicas hispanoamericanas, y la adhesión de ese mismo clero, en cuyas manos descansaba gran parte de la instrucción pública, a una
filosofía educativa nítidamente inspirada en los módulos escolásticos, hemos de comprender como después del vigoroso impulso científico y
moderno conferido por Justo Arosemena al pensamiento istmeño, éste derivara, en las postrimerías del XIX, hacia los cánones y fórmulas
ideológicas coloniales.
Paralelamente a estas corrientes de inspiración escolástica se desarrollaba en el Istmo el cultivo de
las ciencias particulares. Sebastián López Ruiz, maestro de Antonio Nariño, es al respecto una de
las glorias panameñas. El Doctor Isidro Arrollo, autor de una Disertación sobre la fiebre amarilla,
y catedrático de Anatomía (según noticia del Dr. Narciso Garay), y de Aritmética y Álgebra (según
testimonio de su discípulo Pablo Arosemena) en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario; así
como Miguel Chiari, catedrático y Vice-rector del mismo Colegio, son figuras que merecen el
estudio monográfico de la investigación erudita.
De la interrelación entre las tendencias escolásticas y las corrientes científicas y filosóficas que se
pretenden de vanguardia, se va gestando el ideario del pensamiento istmeño, ideario que no es
ajeno, por otra parte, al agudo sentido relativista que afirmamos ser característico de nuestro
pueblo. Ello explica seguramente la afición de los panameños a los estudios positivos, prácticos,
objetivos. Nada tan positivo como el derecho, y es evidente que existe, para decirlo con uno de
nuestros eruditos, una predominante nota jurídica en la cultura panameña, que se observa desde la
Colonia
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